Como os comentaba hace unas semanas, estuve leyendo la
novela de Miguel Delibes Diario de un emigrante en que un español va a Chile a
buscar una mejor vida en los años 50 del pasado siglo. En uno de sus primeros
días en Chile anota esto en su diario:
A la tarde me llegué al Consulado. De regreso me colé en un bar y el cipote
del mostrador de que me oyó hablar me salió con que ¡pucha, un coño! Ya le dije
que sin ofender y el torda recogió velas y que había querido decir español. Le
hice ver que tampoco eran formas, vamos, y él, de buenos modos, que es un
decir, porque coño es la primera palabra que los españoles tenemos en la boca.
Le aclaré que eso, como todo, es cuestión de educación, y que a mí no me gusta
hablar mal por la misma razón que no me peta andar desaseado. El gilí se dio a
razones y dijo que pagaba un trago y que disculpase y que qué quería decir,
pues, la palabra esa. Le expliqué y soltó el trapo y me salió que de dónde era y
se lo dije y le pregunté su nombre y salió con que Lautaro y le dije, entonces,
si eso era un alias o nombre cristiano. El mandria se reía las muelas y porfió
que en Chile todos se llaman así.